«¿Cómo puedes ayudar a otras personas con sus emociones y sus dificultades personales?», me dijo una amiga una vez. «Yo no podría. Me daría miedo hacerles daño».
Yo nunca he tenido miedo de hacer daño a nadie, ni siquiera cuando daba mis primeros pasos como coach. Desde pequeña era buena escuchando a los demás. Me era fácil empatizar con sus problemas y ayudarles a ver soluciones. Sabía cómo hacerles sentir mejor.
Hay personas que dicen que la carrera profesional que eliges es un reflejo de tu herida emocional. Quizá al acompañar a otros a navegar sus olas de dolor e incertidumbre, estoy ayudando a esa Andrea del pasado que se ahogó más de una vez porque nadie la había enseñado a nadar.
En esta entrevista con Jorge Granullaque en ‘Más de Uno’ de Onda Cero, me abro sobre el lado humano de quienes acompañamos a otros como coaches y terapeutas. Y comparto las rutinas de autocuidado que me sostienen a mí (muy recomendables si eres PAS).
Jorge Granullaque: La labor de un coach o terapeuta es compleja, bien lo sabemos. Tienes que sostener y acompañar a la otra persona, a la que tienes enfrente, en sus emociones, en sus dificultades, en sus enredos mentales. ¿Esto no os afecta?
Andrea Bontempi: Sí y no, Jorge.
Al final, lo que otra persona te cuenta sí te va a generar una sensación interior. Si tú cuentas algo triste, eso va a provocar una sensación en mí. Es algo natural porque, al final, somos seres emocionales y empáticos, por más que seamos coaches o terapeutas.
Pero aunque yo pueda reaccionar emocionalmente cuando trabajo con alguien, esto no significa que me deje llevar por mis emociones. Eso es algo que, como profesional, tienes que cuidar. Y mucho. Tienes que crear como hábito prepararte mental y emocionalmente cuando quieres sostener y acompañar a otros.
Y esto incluye conocer muy bien tus propios demonios y tendencias de carácter para que no influyan negativamente en el acompañamiento.
Jorge: Tú tendrás, imagino, algún manual personal, ¿no? ¿Cómo te cuidas tú para ayudar a otras personas? ¿Sigues algún ritual? ¿Tienes alguna rutina de autocuidado?
Andrea: Te voy a compartir un concepto que hasta ahora solo he compartido de manera íntima con mi pareja. No te asustes, Jorge (risitas).
El concepto es el me time, que significa, en inglés, algo así como tiempo para mí.
Es un código que utilizo con mi pareja cada vez que necesito estar sola porque me he dado cuenta, con todo este camino que he hecho y el trabajo interior realizado, que cuando me concentro en algo -y lo suelo hacer con mucha intensidad, ya sea en una conversación entre amigos o como profesional en un acompañamiento-, necesito estos ratitos a solas para recargar pilas, revitalizarme y, sobre todo, para reconectar conmigo misma y con mi intuición.
Al final, estar presente en sesión, escuchando cada detalle del lenguaje verbal y, sobre todo, del no verbal de la persona que acompaño, leyendo entre capas y capas de información, puede ser agotador.
Así que, para mantenerme en esta escucha activa y ser esa «presencia que sana», que es un concepto que me gusta mucho, este me time, para mí, es un innegociable. Aprovecho este tiempo para meditar, escribir, hacer ejercicio…
Digamos que mi ritual de autocuidado, del que me preguntabas, son la creatividad, el silencio interior -que lo consigo a través de la meditación y la naturaleza- y mover el cuerpo.
Jorge: Yo creo que el me time es algo que deberíamos aplicar todos los seres humanos para tener un tiempo para nosotros y disfrutar de nuestra soledad deseada.
También te quiero preguntar, por hacer un poco de autocrítica dentro de vuestra profesión, ¿qué errores crees que cometéis o que podéis cometer las personas que dedicáis vuestra vida a ofrecer este acompañamiento emocional a otras personas?
Andrea: Mira, para comentarte esto, primero quiero contarte un concepto que aprendí en el Máster que cursé aquí, además en Madrid presencialmente, un Máster enfocado en Coaching, Inteligencia Emocional y Programación Neurolingüística (PNL), entre otras cosas.
Nos enseñaron un concepto que dice así:
«El mapa no es el territorio»
Es una metáfora que viene a decirte que cada persona tenemos un mapa interno de cómo vemos el mundo. Es una representación 100 % subjetiva. Son como unas gafas a través de las cuales percibimos la realidad y que se construyen, sobre todo, en esos primeros años de vida a través de lo que vivimos, asimilamos, procesamos, etc.
Entonces, para mí, uno de los principales errores, y el más grave, es intentar ayudar al otro desde tu propio mapa.
Eso es muy habitual entre amigos y está bien así. Por ejemplo, un amigo que te dice «tú lo que necesitas es…» y te lanza un consejo desde lo que haría él en vez de, de verdad, ponerse en tu piel. O la típica advertencia de esa gente mayor, abuelos, que te dicen «no estudies eso, que no te va a servir para nada», proyectando así sus propios miedos y experiencias de vida.
Entonces, es super importante introducirte en el mapa de esa persona que estás acompañando, en sus propias experiencias y emociones, para ayudarla desde ahí.
Y esto me lleva al segundo error, que es aconsejar más que acompañar. La labor de un coach o terapeuta tiene que ser la de ayudar a la persona a encontrar sus propias respuestas, no dirigirlas, no imponerlas.
Y, por último, y esto es algo que puede hacer un poco de mella -sobre todo entre coaches porque es verdad que es algo muy típico en este gremio-, es prometer resultados en pocos días. El típico: «7 días para tu transformación final».
Yo creo, Jorge, que el crecimiento interior es un proceso que requiere un ritmo amable, sostenible en el tiempo y, sobre todo, el compromiso de la persona. Si no, a la mínima dificultad, va a abandonar el proceso en búsqueda de algo que requiera menos esfuerzo.
Jorge: Andrea, ¿has tenido en algún momento algún punto en el que te hayas sentido al límite emocionalmente?
Andrea: Sí he tenido malos días, Jorge, como todos, pero es verdad que sentirme al límite emocionalmente, al menos durante una sesión, no me ha pasado.
Pero sí te puedo contar de una vez que, como buena humana que soy, además de ser una persona muy emocional… Una vez me dio por llorar como una magdalena antes de una sesión online.
Y yo me decía, «uf, ¿cómo voy a poder llevar esta sesión ahora?» Pero decidí tenerla y me sorprendí, Jorge, porque fue una de las mejores sesiones que he tenido con esa persona.
¿Y sabes por qué creo que fue? Porque al haberme permitido llorar antes, en vez de reprimir esa emoción, entré a la sesión plenamente en contacto con mis emociones.
Dice Karen Horney, una psiquiatra y psicoanalista del siglo pasado que yo admiro mucho, que:
«El trabajo analítico [de un coach o terapeuta] no solo debe implicar a nuestro intelecto y a nuestro conocimiento acumulado, sino también a nuestras emociones.»
Karen Horney
Sé que suena raro lo de llevarte las emociones contigo como profesional que acompaña, pero es que las emociones nos conectan con nuestra intuición y la intuición, Jorge, es fundamental en un proceso terapéutico.
Jorge: Oye, hablando de sensibilidad, tú trabajas con distintos perfiles de personas, de humanos, entre ellas, personas altamente sensibles conocidas como PAS. ¿Las PAS necesitan una atención especial o específica?
Andrea: Especial, como tal, te diría que no, pero sí hay que tener ciertas cosas en cuenta.
Lo primero es que suelen ser personas que le dan mil vueltas a las cosas, profundizan mucho en cada experiencia, cada sensación, cada situación, y esto las lleva a ser menos impulsivas y más cautas, algo que, además, no se pone nada en valor en la sociedad actual, por lo que es super importante enseñarles a honrar esa característica suya y ayudarlas a entenderla para que puedan usarla a su favor.
Y otro aspecto a tener en cuenta es que son personas con una emocionalidad muy alta, por lo que hay que ser muy empáticos y afinar muy bien en la manera en que se les dicen las cosas.
Pero aquí no se trata de reducir o anular su emocionalidad, algo que es innato en ellas, sino de ayudarlas para que puedan aceptar, por un lado, su naturaleza sensible y, por otro, aprender a gestionarla mejor.
Y aquí ya no solo te hablo como profesional, Jorge, sino también como la persona altamente sensible que yo también soy.
Jorge: Termino ya este tercer grado al que te estoy sometiendo hoy para conoceros un poco mejor como terapeutas, como profesionales, ¿cómo influye ser altamente sensible en tu trabajo de acompañamiento? ¿No te resulta agotador lidiar con emociones ajenas siendo tu sensibilidad aun mayor?
Porque, claro, con esto que cuentas, si encima le metemos la alta sensibilidad, debe ser… terrible.
Andrea: Terrible, no (risas), pero sí puede ser agotador porque, al final, como persona altamente sensible también tienes esa alta empatía. Es una empatía que te lleva a sentir con mucha intensidad, a veces demasiada, lo que siente el otro.
Así que hay más consumo y desgaste energético en las interacciones.
Pero creo que es más una ventaja que una desventaja porque, justamente, esa atención al detalle que caracteriza a las PAS junto con nuestro pensamiento arbóreo, que es esa habilidad de pensar en varias cosas a la vez y conectarlas entre sí, nos ayuda a captar matices y a hacer asociaciones que enriquecen mucho el proceso terapéutico.
Además de que, al ser tan empática, me ayuda esto a crear un vínculo con la otra persona, la ayuda a abrirse. Y esto es clave para que el acompañamiento sea un éxito.

Si quieres dejar de vivir tu sensibilidad como una carga y empezar a habitarla con consciencia y aceptación, aquí tienes mis sesiones disponibles.